El autor parece un hombre incuestionablemente ilustrado, un judío palestino que pertenece al grupo de los sabios. Como todos sus colegas, Kohélet conoce lo que pasa fuera de las fronteras de Israel, ha viajado y ha estado en profundo y prolongado contacto con el helenismo. Aunque esto es claro, mucho más difícil resulta establecer con cuál de las tres grandes corrientes de pensamiento helénico comulga o simpatiza: no se sabe si fue cínico, epicúreo o estoico.
Por otra parte, las contradicciones del libro postulan la teoría de que pudo haber dos autores: uno imbuido de una filosofía pesimista y existencial y otro que intentó suavizar esa doctrina añadiendo meditaciones más positivas.
Tanto Siegfried como Podechard sostienen que el libro estaría compuesto por una base original a la que se han ido añadiendo diversas partes. Ya el epílogo, por el modo en que menciona al autor, sería de redacción posterior. Otros refranes que echan mano de cierta métrica muestran quizás la intervención de otro autor. Sin embargo, los indicios no son suficientes todavía como para afirmar con certeza la diversidad de autores.
El sentido de la existencia es el centro de las reflexiones de Kohélet. En un principio se dedica a disfrutar al máximo de los placeres; más adelante intenta saber todo lo que es posible saber. Luego medita sobre los límites de la vida, la muerte y el final; incluso toca temas de vigencia permanente, como la injusticia humana, política y social, y en muchas de sus frases se trasluce un relativismo del esfuerzo del hombre frente a la inevitabilidad de la vida y de la muerte, así como de los sufrimientos y penurias, destacando también el aparente triunfo del malvado y de la injusticia frente al aparente fracaso de los honrados y justos.
Al plantearse el mismo problema que el libro de Job («¿Hay en este mundo sanción para el Mal y recompensa para el Bien?»), llega, al igual que el autor de ese libro, a una respuesta negativa. El motivo en Kohélet es que la realidad contradice las soluciones propuestas, y llega a estas conclusiones en términos mucho más "populares" y menos "académicos" que Job. Con frecuencia, Eclesiastés prueba sus afirmaciones por el absurdo: lo que sucedería si fuera cierta la contraria es imposible.