La
Torá ha sido atribuida
tradicionalmente al patriarca
Moisés. El Deuteronomio es, en
consecuencia, el discurso con el
cual el legislador se despide de su
pueblo en los llanos de Moab (Deut.
1:5).
Sin
embargo, los judíos que se
encuentran frente a él escuchándolo
no son los mismos que se encontraban
al pie del monte Sinaí. Han pasado
por muchas tribulaciones; conocen
las tentaciones de la idolatría, a
los falsos profetas y también a los
verdaderos. Conocen también a los
reyes traidores.
Moisés entrega a estas gentes la
Segunda Ley como prolongación y
epítome de la primera: la voz de la
reforma religiosa será la herencia
de los hebreos complementando a la
entrega de la tierra por parte de
Yahvéh. Ambas serán los bienes
primordiales de los judíos en este
nuevo país y en el futuro.
La
crítica literaria aplicada a los
textos bíblicos, ha puesto en
evidencia que no se puede atribuir
el texto a Moisés, ya que responde a
situaciones históricas posteriores.
En efecto, la insistencia temática
en la unidad de Dios, la unidad del
Culto, la unidad de la Ley y de la
Tierra pone en evidencia una época
de crisis en la que esto ya no se
realiza. El libro del Deuteronomio
es un compendio de textos escritos
en diferentes épocas, y proveniente
de diversas fuentes, como lo son una
buena parte de los libros de la
Biblia. Este libro cobró una
especial relevancia en el reinado
del rey Josías, bajo el cual fue
descubierto el manuscrito en el
Templo. El libro, y la tradición
oral que los sustentó pudieron haber
sido llevados por escribas que
huyeron del Reino del Norte, a la
sazón invadido por las tropas
asirias del rey Sargón II, quien
tomó la ciudad de Samaría, capital
del Reino del Norte, en 721.
La
autoría de Moisés fue creída durante
siglos, tanto por judíos como por
cristianos. La iglesia católica
aceptó hace tiempo las aportaciones
científicas de la crítica literaria,
y las investigaciones hermenéuticas,
tanto aplicadas a este texto como a
toda la Biblia, aunque sectores más
tradicionales insisten en una
interpretación literal del texto. Lo
mismo cabría decir de las iglesias
protestantes, y del judaísmo. En
cada una de estas confesiones
religiosas encontramos sectores que
han admitido las aportaciones de la
ciencia aplicada a la hermenéutica
Bíblica, y otros que se resisten a
ello. No olvidemos que, por ejemplo,
en ciertos estados de los Estados
Unidos se sigue enseñando en las
escuelas la interpretación literal
de la Biblia aplicada al relato de
la Creación.