Es el sexto de los libros proféticos y se lo incluye —por los cristianos— entre los Profetas Mayores (de los cuales es el cuarto, luego de Isaías, Jeremías y Ezequiel).
Los judíos lo excluyen de los Profetas y lo colocan entre los Escritores. Varias de sus partes son deuterocanónicas y solo las incluyen las biblias católicas.
Un grupo de jóvenes fue seleccionado para ser llevado ante Nabucodonosor. Eran escogidos de las tierras y pueblos que Babilonia había conquistado. Fue acompañado por, entre otros, tres jóvenes hebreos de su misma tribu: Hananías, Azarías y Misael. Aunque muchos de los exiliados vivían cerca del río Kebar, fuera de la ciudad de Babilonia, se escogió a Daniel y sus tres compañeros para un aprendizaje especial de la escritura y lengua caldeas durante tres años, a fin de equiparlos para funciones de gobierno. Como era costumbre, les pusieron nombres babilonios: a Daniel le llamaron Beltsasar conforme al nombre del dios de Nabucodonosor.
El profeta Daniel tuvo varias pruebas de su fe. Cuando era adolescente ingresó junto con muchos hebreos a la corte del Rey y enfrentó la posibilidad de consumir alimentos prohibidos por la Ley Mosaica pero él los cambió por «legumbres y agua». Esta decisión tomada por los jóvenes les hizo recibir la bendición de Dios. Bajo el reinado medopersa de Ciro, cuando Darío gobernaba localmente, Daniel fue arrojado al foso de los leones a causa de su gran fidelidad a Dios. Salió ileso del foso demostrando así a Darío el poder de Dios.